Sr. Presidente:
En el año del Bicentenario, y adhiriendo a muchas de las intervenciones que se han formulado en este recinto, quiero centrar la mía en dos aspectos de la vida institucional de nuestro país que creo interesante destacar, rescatar y que, al mismo tiempo tienen sus contradicciones que también ameritan ser marcadas.
Es mucho lo bueno pero también lo malo que nos han dejado estos 200 años. Tenemos que, a lo largo de nuestra historia hubo épocas o décadas marcadas por los avances, por las conquistas, por las construcciones positivas, y otras de oscuros retrocesos e involuciones que echaron por tierra logros anteriores.
Esa parece ser una constante en nuestra idiosincrasia. Parece ser parte de una cultura del “pueblo argentino” que debemos revertir, que debemos corregir, que tenemos la obligación de hacerlo.
Sin el rigor histórico que pueden tener los historiadores, los investigadores, con la mirada simple pero comprometida que otorga la militancia política, yo quiero destacar en este año del Bicentenario una serie de conquistas, de avances, de construcciones positivas, pero que a la vez han sido seguidas por etapas de retrocesos e involuciones que han dañado de manera grave la situación de los argentinos y argentinas.
En ese sentido, quiero referirme en primer lugar al rol determinante que tuvo, que tiene y que deberá tener a futuro la política.
Es en ese sentido que quiero reivindicar a la política como única herramienta de transformación, como instrumento que permite desde el Estado construir ciudadanía democrática, republicana y social. Como ese instrumento capaz de modificar la dolorosa realidad de la gente y provocar una distribución equitativa de los recursos y del conocimiento. Reivindicar a la política ejercida desde la perspectiva de la ética y la república y con compromiso social. Reivindicar a la política con calidad, idoneidad y capacidad de gestión. Reivindicar a la política como la expresión y la materialización de la verdadera vocación de servicio, orientada en la búsqueda del bienestar colectivo.
Reivindicar a la política que es capaz de cabalgar por encima de las crisis, y reconocerla como el instrumento que nos permitió, precisamente salir de esas crisis, que de manera cíclica parece golpearnos a los argentinos por décadas.
Pero, al mismo tiempo, repudiar y rechazar la utilización de la política como herramienta de enriquecimiento personal, repudiar a la política asociada a los negocios y al enriquecimiento por fuera de la ley.
Repudiar a la política como instrumento de enriquecimiento de los sectores dirigenciales políticos, sindicales, sectoriales y corporativos
Repudiar a la política como la exteriorización de la entrega del saqueo, del sometimiento, de la transnacionalización de los recursos naturales y estratégicos de una nación.
En estos 200 años hemos tenido ejemplos emblemáticos de esas contradicciones. Podríamos mencionar varios dirigentes y enmarcarlos en uno y otro lugar.
Son muchos los hombres y mujeres que a lo largo de estos 200 años dieron muestras de haber contribuido a la construcción de la Nación, pero en ese abanico, quiero, destacar la figura de un hombre que hizo historia.
No soy radical, nunca milite en ese espacio político, pero ese partido le dio a la patria un hombre de una estatura republicana y ética que merece ser mencionado en el año del Bicentenario.
Fue republicano, fue honesto, fue progresista, defensor a muerte de los intereses nacionales, de la educación publica, obligatoria y laica, con un claro pensamiento de centro izquierda, y fue derrocado no por lo que no hacía, sino por lo que hacía.
Me estoy refiriendo a don Arturo Umberto Illia y quiero en esta sesión del histórico Bicentenario de la patria rendirle mi humilde homenaje.
Otra de las contradicciones que hemos demostrado a lo largo de nuestra historia, es el desempeño que han tenido las fuerzas armadas, el Ejército Argentino, que dentro de un par de días, también celebrará sus 200 años de creación, y en ese sentido, también quiero reivindicarlo.
Quiero reivindicar al Ejército Argentino de principios del siglo XIX, a ese ejército abnegado, comprometido con la patria. A ese ejército que era el brazo armado del poder civil; que ya había tomado la decisión de encarar la dura lucha por la independencia, la cual necesitaba de ese brazo armado para defender a ese gobierno patrio recientemente constituido, a sus instituciones, a las fronteras del nuevo Estado- Nación.
Ese ejército que actuaba sometido a la decisión de la política que buscaba la liberación, la independencia, la organización nacional, ¡¡cómo no vamos a reivindicar al ejército de Belgrano, de José de San Martín, de Güemes; cómo no vamos a reivindicar a Juana Azurduy, a ese ejército que en cada batalla materializaba su espíritu guerrero, revolucionario, libertario, y anteponía los intereses de la patria por encima de todos los demás!!
Pero también aquí encontramos contradicciones tan marcadas como lo refería en el comienzo de mi intervención.
Marcar la contradicción y repudiar a ese ejército genocida de los pueblos originarios, repudiar a ese ejército que en el siglo XX actuó casi siempre insubordinado del poder civil y democrático, produciendo el quiebre del orden constitucional, respondiendo siempre a intereses foráneos, que fue el instrumento armado para la represión y sirvió y se preparo para la implementación de la doctrina de seguridad nacional ideada en EEUU. para ser aplicada en toda la región. Repudiar a ese ejército que escribió las páginas más oscuras y vergonzantes de nuestra historia.
No es ese ejército al que vamos a homenajear en un par de días, no es ese ejército al que defendemos y honramos.
De manera tal que a los 200 años de la decisión política de ir por un gobierno propio y la liberación del sistema colonialista, como dirigentes políticos deberemos comprometernos para que las contradicciones no sigan poniendo blancos y negros en las páginas que la historia argentina escribirá en el camino que transitaremos los próximos 100 años.